quien ve visiones, ante la sonrisa con que Aramis le anonadó luego de
proferidas aquellas palabras.
--Y en respuesta de lo que veníais a preguntar al rey --prosiguió
el obispo, --aquí va una orden concer-
niente al señor Fouquet y de la cual os enteraréis inmediatamente.
--¿Una orden de libertad? --dijo el gascón, tomando la que Aramis
le tendió.
Aquella orden le explicaba la presencia de Aramis en el dormitorio del rey.
D'Artagnan, a quien le bastaba comprender algo para comprenderlo todo, saludó
y avanzó dos pasos para
marcharse.
--Os acompaño --dijo Herblay.
--¿Adónde?
--Al aposento del señor Fouquet; quiero gozar de su contento.
--¡Si supierais lo que habéis dado que pensar! --repuso D'Artagnan.
--Pero ahora comprendéis, ¿no es así? --replicó
Herblay.
--¡Pues no he de comprender! --respondió en voz alta el mosquetero.
Y entre sí añadió: --Pues no
comprendo ni pizca; pero lo mismo da, aquí traigo la orden. --Luego dijo
al prelado: Adelante, monseñor.
D'Artagnan condujo a Aramis al dormitorio de Fouquet.
EL AMIGO DEL REY
Fouquet aguardaba con ansiedad, y ya había despedido a algunos servidores
y amigos suyos que, antici-
pándose a la hora de sus acostumbradas recepciones, acudieron a su puerta.
Cuando Fouquet vio volver a D'Artagnan, y tras éste al obispo de Vannes,
su alegría fue tan grande como
grande había sido su zozobra. Para el superintendente, la presencia de
Aramis era una compensación a la
desgracia de ser arrestado.
El obispo estaba taciturno y grave, y D'Artagnan, trastornado por todo aquel
cúmulo de acontecimientos
increíbles.
--¿Y bien, capitán, me traéis al señor de Herblay?
--Y algo mejor todavía, monseñor.
--¿Qué?
--La libertad.
--¿Estoy libre?
--Sí, monseñor; por orden del rey.
Fouquet recobró toda su serenidad para interrogar a Aramis con la mirada.
--Dad las gracias al señor obispo de Vannes --prosiguió D'Artagnan;
--pues a él y a nadie más que a él
debéis el cambio del rey.
Aramis se volvió hacia Fouquet, que no estaba menos pasmado que el mosquetero
y le dijo:
--Monseñor, el rey me ha encargado que os diga que su amistad para con
vos es hoy más firme que nun-
ca, y que la hermosa fiesta que le habéis dado y con tanta generosidad
ofrecido, le ha dejado hondamente
satisfecho.
Y Aramis saludó a Fouquet tan ceremoniosamente, que éste, incapaz
de comprender una diplomacia tan
sutil, quedó sin voz, sin idea, sin movimiento.
Herblay se volvió hacia el mosquetero, y le dijo con voz meliflua:
--Amigo mío, ¿verdad que no olvidaréis la orden del rey
concerniente a las prohibiciones que tiene
hechas para cuando se levante?
Estas palabras eran tan claras que D'Artagnan se dio por entendido. Así,
pues, saludó a Fouquet y luego a
Aramis con respeto algo irónico, y salió.
Entonces el superintendente se abalanzó a la puerta para cerrarla, y
salió.
--Mi querido Herblay, creo que ha llegado la hora de que me expliquéis
lo que pasa, porque en verdad
no entiendo nada.
--Todo vais a saberlo --repuso Aramis sentándose y haciendo sentar a
Fouquet.
--¿Por dónde hay que principiar?
--Por esto. ¿Por qué ha mandado el rey que me pongan en libertad?
--Mejor hubierais hecho preguntándome por qué os hizo arrestar.
--Desde que lo efectuaron he tenido tiempo de reflexionarlo, y casi juraría
que los celos han influido al-
go. Mi fiesta ha contrariado a Colbert, y Colbert ha hallado contra mí
algún plan, el de Belle-Isle, ponga-
mos por caso.
--No, todavía no hemos llegado a eso.
--¿Por qué?
--¿Os acordáis de aquellos resguardos de trece millones que os
hizo robar Mazarino?
--Sí, ¿y qué?
--Que por este lado ya os declaran ladrón.
--¡Válgame Dios!
--No todo para aquí. ¿Recordáis la carta que escribisteis
a La Valiére?
--¡Ay! es verdad.
--Pues sois traidor y sobornador.
--¿Por qué me ha perdonado pues, el rey?
--Todavía no hemos llegado a ese punto de nuestra argumentación.
Lo que yo quiero es que ante todo
